domingo, 9 de julio de 2017

BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN ESPÍRITU

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Si te sientes mal porque te consideras un pecador que en lugar de hacer el bien hace el mal, entonces eres un “bienaventurado” y este mensaje es para ti.
Hace más de dos mil años, gentes  de Judea, de Jerusalén, de la costa de Tiro y de Sidón vinieron a oír a Jesús, y para ser sanados de sus enfermedades,  y toda la gente procuraba tocarle porque poder salía de él y sanaba a todos (Lucas 6:17-19).
Como la estrecha playa no daba cabida, ni aun de pie, dentro del alcance de su voz, a todos los que deseaban oírlo, Jesús los condujo a la montaña.
Cuando encontró un espacio despejado de obstáculos y que todos podían verle y oírle, se sentó en la hierba y sus discípulos y la multitud siguieron su ejemplo.
Imagina por un momento que estás allí, escucha con atención las siguientes palabras y percibe de ellas el pensamiento y el corazón de Dios.
Jesús abrió su boca y dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:2-3)
Las palabras de Jesús resonaron en los oídos de la muchedumbre como algo desconocido y nuevo porque tal enseñanza era opuesta a cuanto habían oído de los escribas y fariseos religiosos.
Para ellos, los bienaventurados eran los ricos en espíritu que supuestamente estaban  exentos de pecado y no los pobres en espíritu.
Si los fariseos y escribas de Israel lo hubieran escuchado con humildad, su gracia los habría transformado y Jesús los habría hecho sus discípulos.
Pero, ellos no quisieron humillarse y escuchar con su corazón, su vanidad de creerse santos se los impidió y la gracia no pudo cubrirlos.
La oración del fariseo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;  ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lucas 18:11), ponía de manifestó que ellos se creían “ricos  en espíritu”.
Sin embargo, la  gran  mayoría que rodeaba a Jesús  en aquella montaña se sentían “pobres en espíritu”, lo que también se reflejaba en la oración del publicano: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:12).
Los fariseos y escribas rechazaron la gracia de Cristo, porque el que se cree santo y bueno está satisfecho de su condición y no necesita la gracia ni la justicia de Cristo.
El orgullo y la vanidad farisaica cierran las puertas del corazón para no recibir las bendiciones espirituales que Jesús  ofrece.
Ellos dicen: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”; pero, Jesús los contradice: “no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo que necesitas el colirio que yo vendo y las vestiduras blancas de santidad para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (Apocalipsis 3:17-18).
Eso no era exclusivo de la época de Jesús; en la actualidad miles de creyentes se creen “ricos en espíritu”, en especial muchos pastores evangélicos, y viven señalando y culpando a los que consideran “pobres en espíritu”, a los cuales quisieran matar a pedradas.
Si Jesús estuviera en la tierra les diría: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra”.
Lo cierto es que esas palabras de Jesús despertaron esperanzas en aquellas almas que se consideraban “pobres  en espíritu”, ya que percibieron la bendición de Dios en sus vidas cuando Jesús los llamó “bienaventurados”.
Jesús dijo que hay perdón para los pobres en espíritu, aquellos que arrepentidos y humillados solicitan ese perdón; de ellos es el Reino de Dios.
Esta es la promesa de Dios: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
Y “nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.  Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado” (Hebreos 10:17-18).
El reino de Dios no es para aquellos santulones que creen que pueden alcanzar el cielo con su comportamiento, más bien éstos “se desligan de Cristo” (si es que se han ligado) “y caen de la gracia” (Gálatas 5:4).
El reino de Dios es para aquellos que aceptan ser pecadores y buscan en Cristo su perdón, el reino de Dios no es para los que se consideran justos.
Así que el  Reino de Dios no resultó ser lo que creían los escribas y fariseos, no era un reino de señalamiento y de castigo, sino más bien un reino de perdón, donde la justicia se obtiene por la fe y no por las obras, para que nadie se gloríe (Romanos 1:17, Efesios 2:8-9).

Romanos 5:20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 5:21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

¿Qué significa que La ley se introdujo para que el pecado abundase? Para entenderlo pongamos de ejemplo las leyes de los hombres.  Hace unos años no existía ningún artículo en el código penal que castigara el narcotráfico.
Había narcotráfico pero no estaba penalizado en la ley y al no estar penalizado era  como si no hubiese narcotráfico porque nadie podía ser condenado por ese delito.
Cuando el narcotráfico fue penalizado en la ley, entonces abundó el delito de narcotráfico.
Así sucedió con el pecado, la gente pecaba pero no estaba penalizado en ninguna ley y era como si no hubiese pecado. Cuando la ley de Moisés vino a penalizar los pecados entonces sobreabundaron los pecados.

Juan 1:17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo

Pero con Jesús vino la gracia, y con la gracia vino el perdón y la justicia que es por fe (Romanos 1:17).
Para entenderlo volvamos al ejemplo, suponga que un Presidente decide que su hijo sea sacrificado y que pague con su vida por los delitos de todos los delincuentes.
Entonces pública un decreto en donde dice que todos los que crean que su hijo murió por sus delitos obtendrán el derecho de ser absueltos y puestos en libertad.
Pues bien, eso fue exactamente lo que sucedió en el Reino de Dios. Jesús fue enviado a morir por los pecados de todos nosotros y al creer en su muerte sustituta adquirimos el derecho de ser absueltos de todos nuestros pecados.
Esa es la gracia, un regalo de Dios inmerecido para los pecadores ¡Bienaventurados los pobres en espíritu¡
Entonces, con la ley sobreabundó el pecado, pero   cuando sobreabundó el pecado sobreabundó la gracia.
No hay pecado por más  grande u horrible que sea que no pueda ser cubierto por la gracia.
Si no hubiese pecado, entonces no habría gracia, es necesario el pecado para que haya gracia. Por eso, si yo creo que no soy pecador, entonces no hay gracia para mí, y eso fue lo que les sucedió a los escribas y fariseos.

1 Juan 1:5 Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. 1:6 Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad;

Este es el mensaje que hemos oído de Jesús y es el que anunciamos, escribió el apóstol Juan: “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él”. 
Cuando la luz de Dios llega desaparecen las tinieblas. Los que andan en tinieblas son aquellos a los cuales “no les ha resplandecido la luz del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Corintios 4:4), y no tienen comunión con Dios, lo que significa que  no piensan igual que Dios porque no conocen la verdad. 

1 Juan 1:7 pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

Si nos ha resplandecido la luz de Cristo, entonces tenemos la verdad y al tener la verdad tenemos comunión unos con otros.
Al conocer la verdad, nos damos cuenta que somos pecadores, y al aceptar que somos pecadores,  la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. 
Si decimos que no tenemos pecado es porque no conocemos la verdad, por lo tanto no tenemos comunión con Dios, nos engañamos a nosotros mismos y no somos limpiados por la sangre preciosa de Jesús.

1 Juan 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1:10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Si confesamos nuestros pecados, es decir, si aceptamos que somos pecadores, Dios nos perdona y nos limpia de toda maldad.
Si no aceptamos que somos pecadores, no tenemos la verdad y decimos que Dios mentiroso, no andamos en comunión, no somos perdonados de los pecados ni limpiados de la maldad.
Eso fue lo que les sucedió a los fariseos y escribas que rechazaron la gracia.
Los súbditos del reino de Dios son los pobres de espíritu. Los ricos en espíritu no tienen cabida en el Reino de Dios, mejor dicho “los que se creen ricos en espíritu”, porque, en realidad nadie es rico en espíritu, porque nadie está exento de pecado; lo que sucede es que hay algunos “fariseos modernos” que creen que lo están.
Todos los que sienten la absoluta pobreza del alma, que saben que en sí mismos no hay nada bueno, pueden hallar justicia y perdón recurriendo a Jesús.

Mateo 11:28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 11:29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

Jesús nos invita a cambiar nuestra pobreza espiritual por las riquezas de su gracia. No merecemos el amor de Dios, pero Cristo, nuestro fiador, es sobremanera digno y capaz de salvar a todos los que vengan a él.
No importa cuál haya sido la experiencia del pasado ni cuán desalentadoras sean las circunstancias del presente. Si acudimos a Cristo en nuestra condición de débiles, sin fuerza, desesperados, considerando lo pecadores que somos, nuestro compasivo Salvador saldrá a recibirnos mucho antes de que lleguemos, y nos rodeará con sus brazos amantes y con la capa de su propia justicia.
Jesús nos presentará a su Padre en las blancas vestiduras de su propio carácter. El aboga por nosotros ante el Padre, diciendo: Me he puesto en el lugar del pecador. No mires a este hijo desobediente, mírame a mí, yo di mi vida por él.
Y cuando Satanás contiende fuertemente contra nuestras almas, acusándonos de pecado y alegando que somos su presa, la sangre de Cristo aboga con mayor poder.

Romanos 8:33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 8:34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

Dios es el que nos puede acusar, pero no nos acusa, más bien nos justifica, así que no permitas que nadie te acuse.
Cristo es el que nos puede condenar, pero Dios no lo envió  a condenarnos sino para que seamos salvos por él (Juan 3:17). Cristo no nos condena, más bien murió y resucitó por para nuestro perdón y está prestó a interceder por nosotros ante el Padre.
Cuando Martín Lutero descubrió que los pobres en espíritu eran bienaventurados y que esos pobres en espíritu somos justificados por la fe y no por nuestro comportamiento, se reveló contra el Vaticano que enseñaba todo lo contrario, y con las escrituras en las manos los retó a debatir.
La reacción del Papa fue ordenar la muerte de Lutero, porque la vanidad no le permitió aceptar su equivocación.
Toda enseñanza que diga que tienes que ganarte el reino de Dios a través de tu comportamiento es legalismo y es doctrina de demonios, deséchala para que no te condenes.

Romanos 7:21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 7:22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 7:23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 7:24 ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? 7:25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Lo que está escrito en el pasaje anterior es la reacción de los pobres en espíritu, aquellos que quieren hacer el bien pero no pueden porque hay un espíritu de pecado en sus  miembros que los hace pecar. Entonces se sienten miserables y acuden humillados ante el Padre Celestial y su hijo Jesucristo en busca de perdón y compasión.
Y la respuesta del Padre es la siguiente: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús los ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:1-2).
No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, aquellos que se han asido a él a través de la fe, aceptando su gracia; éstos no andan conforme a la carne, es decir, no procuran ser justificados por su comportamiento, tal y como hacían los escribas y fariseos,  sino que andan conforme al Espíritu, es decir acuden al Espíritu Santo en busca de la gracia que les  otorga el perdón.
Hay una ley llamada la ley del pecado y de la muerte, es una ley que nos condena a la muerte eterna por todos nuestros pecados. Esa es la ley que se enseñan en todas las iglesias cristianas.
También hay otra ley, esa ley vino con Cristo, es la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, es la ley de la gracia que libra de la condenación de la ley del pecado y de la muerte a los pobres en espíritu.
Y de esta ley, desdichadamente, no se habla en las iglesias, en ellas solamente se habla de condenación, pareciera que lo escrito en Romanos 8 está invisible para sus pastores.

Mateo 5:4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los que lloran, y ese llanto a que alude Jesús es la tristeza de corazón por haber pecado. Cuando pecamos, nos acordamos de que Él murió por nosotros en una cruz, y nos sentimos hipócritas, malagradecidos y miserables, entonces lloramos arrepentidos; es el llanto de un corazón quebrantado.
Ese llanto recibirá “consolación” porque bienaventurados son los pobres en espíritu que acuden llorando al Padre Celestial aceptando su culpabilidad.
Si eres un pobre en espíritu que llora arrepentido por el dolor de haberle fallado al Padre, eres un bienaventurado, porque el Señor re recibirá con los brazos abiertos para impartirte su gracia salvadora. Espero que comprendas esta gran verdad.




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