lunes, 14 de mayo de 2018

EL SEÑOR DEL REINO



EL SEÑOR DEL REINO
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El reino invisible de Dios es gobernado por el Señor Jesús, él es el  Señor de Señores”. Sin embargo pareciera que  no entendemos lo que significa la palabra “Señor”, si la entendiéramos, es posible que nuestras vidas se llenarían de alabanza y cambiarían para siempre.

La palabra Señor es la traducción del original griego “Kirios”, que significa “dueño, amo, la máxima autoridad, el que está por encima de  todos los demás”.

El Señor Jesús, es nuestro dueño, nuestro amo, él nos compró con su sangre preciosa (1 Corintios 6:20); ya no somos nuestros, ahora somos de nuestro Señor Jesús.

En el idioma español, como una muestra de respeto hacia los mayores,  acostumbramos decir “Señor Rojas, Señor Vargas, Señor Ramírez”, pero, ninguno de ellos es nuestro señor ni nuestro amo. Y  debido a esa costumbre de decirle “señor” a cualquier persona, hemos perdido el verdadero significado de lo que quiere decir el “Señor Jesús”.

En inglés, la palabra “señor” para una persona es “mister”, pero para Jesús es “Lord”, aunque, equivocadamente, le han dado ese título a algunas personas de la aristocracia o a personas sobresalientes, “humanizando” la palabra Lord, tal y como nosotros los latinos lo hemos hecho con la palabra “señor”.

Los creyentes de la iglesia primitiva, comprendían muy bien, el significado de la palabra “Señor”,  de tal manera, que para ellos Cesar no era el Señor,  Jesucristo era El Señor, cuando un soldado les decía: "César es el Señor", los creyentes contestaban: "No, Jesucristo es el Señor". 

Para los creyentes de la iglesia primitiva, Jesucristo era más que su padre, más que su madre, más que su esposa, más que sus hijos y más que sus pertenencias;  y por supuesto, más que el César.

Su actitud decía: "César, tú puedes contar con nosotros, pero cuando lo que nos mandas, está en contra de lo que manda Jesús, obedeceremos a Él y no a ti".  No es de extrañarse entonces, que el celoso César, hiciera perseguir a los cristianos para que “negaran el Señorío de Cristo”.

Jesucristo es Rey de reyes  y el Señor de señores, y “la cabeza de la iglesia, la cual es el cuerpo” (Efesios 1:22-23). Él es nuestra cabeza y nuestro salvador. El gobierna sobre el reino invisible y el reino invisible gobierna sobre lo visible.

El Señor” es algo más que una palabra, “Señor” es un título que le ha sido otorgado únicamente a Jesucristo, por su sacrificio llevado a cabo en la cruz, para el perdón inmerecido de nuestros pecados. Si pudiéramos comprender ello, nuestra actitud hacia El Señor sería sumisa y de mucho respeto.

El evangelio de Dios, se centra en el “Señor Jesucristo” y nada más en él.  Enseña que “debemos vivir para Cristo” (2 Corintios 5:15), porque él es “el Señor”.

En el principio “Jesús era el Verbo, y estaba con Dios, todas las cosas por el fueron hechas, y sin el nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3), todo fue hecho por él y para él y sin él nada se hubiese hecho.

Siendo en forma de Dios, Jesús no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a  sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8).

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Siendo humano, el hijo de  Dios fue de la familia de David. A los 30 años inició su ministerio, y al final de tres años fue crucificado, muerto y sepultado. Tres días después fue resucitado y declarado hijo de Dios con poder, en su humanidad, es decir Cristo fue “el primer hombre” en ser declarado hijo de Dios.

La encarnación, hizo que el hijo Dios se  convirtiera  en  hombre,  mientras que   la resurrección hizo que el hombre se convirtiera en hijo de Dios.

Y “Dios lo sentó a su diestra en lugares celestiales sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero y sometió todas las cosas bajo sus pies” (Efesios 1:21-22).

Dios declaró que “Jesús es el Rey de reyes y el Señor de señores” (1 Timoteo 6:15), él manda sobre todo principado, autoridad, poder, señorío y sobre todo nombre que se nombra en este siglo y en el venidero.

Nos debemos a él y debemos vivir para él Señor (2 Corintios 5:15).  Sin embargo, en las iglesias  están presentando a Cristo como “el que vive para nosotros”.

Basta ir a un culto y escuchar las oraciones, con sus largas listas de pedidos, para darse cuenta, de que tratan a Jesús, como si fuera el siervo de los creyentes, y éstos los señores.

No han comprendido que la oración es el instrumento que Dios usa para hacer su voluntad, no para hacer la de ellos.  Por eso piden y no reciben nada, porque piden para gastar en sus deleites (Santiago 4:3).

Oramos: "Señor, bendice mi hogar, bendice mi familia, sana a mi gatito, dame el trabajito que me conviene,  ayúdame a pagar la deuda aquella, en el nombre de Jesús”.

Esas oraciones están totalmente centradas en nosotros, son las oraciones del “yo”. Tratamos a Jesús, como la lámpara de Aladino; pensamos que si frotamos la Biblia, recibiremos de Dios, todo lo que queremos.

Por otro lado, el evangelio de Dios dice, “que el que no ama a Jesús, más que a su hijo o sus padres, no es digno de Jesús” (Mateo 10:37) porque él es el Señor.

Sin embargo, en las iglesias están enseñando que debemos amar a nuestros hijos,  a nuestros Padres, a nuestros bienes, antes que al Señor; si nos queda algo de amor, tal vez podamos amar al Señor.

El evangelio de Dios enseña que debemos tomar la cruz, y perder nuestra vida por Cristo (Mateo 10:38-39), mientras que en las iglesias enseñan que  Jesús, es el que debe perder  su vida por nosotros. Y muchos creyentes, ni siquiera pierden el tiempo, en Jesús.

Algunas personas, hasta dan la idea, de que si se hacen cristianos, le están haciendo un favor a Jesús. Hay que rogarles para que se bauticen, hay que prometerles el oro y el moro, apelar a sus intereses y no a los intereses del reino de Dios.

La manera de convertirlos, es asustándolos con el infierno. “Si mueres sin Cristo, irás al infierno”, esa es la enseñanza. Pero, nadie les enseña, que deben dejar su vieja vida, y vivir para Cristo, porque creen, que si les enseñan que deben dejar su vida, ellos no se convierten. 

Entonces el evangelismo se está convirtiendo en un engaño, en donde se enseñan medias verdades, y no la verdad absoluta de Dios. Pero, aunque nos quedemos solos en las iglesias, debemos enseñar las dos caras de la moneda, si la toman bien, sino ese es su problema con Dios. Pero, si les enseñamos solamente, una de las caras de la moneda, el problema es de nosotros con Dios.

Si presentamos a Jesús, solamente como salvador,  como sanador, como solucionador de todos nuestros problemas, entonces estamos enseñando un evangelio acomodado y no el evangelio del reino de Dios.

Aunque la palabra de Dios nos enseña que Cristo es el centro de todas las cosas, en las iglesias, se puede notar quién es el centro y el centro no es el Señor Jesucristo.

La mayoría de los sermones están preparados para alentarnos, para hablarnos de bendiciones y de prosperidad, y lo que menos se enseña, es sobre el evangelio y el Señorío de Cristo.

No es, que Dios no quiera suplir nuestras necesidades, no es que Dios no quiera bendecirnos, todo lo contrario, él quiere hacerlo, pero  para ello, debemos primero buscar el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). No pienses que Dios te va a suplir si no buscas su reino primero.

Y con nuestra alabanza, sucede lo mismo. Los cánticos evangélicos dicen: “Señor manda lluvia”, manda esto y manda aquello. Son canciones centradas en nosotros. 

Han olvidado, que la alabanza no significa “pedir”, sino que significa  elogiar, exaltar al Señor y darle gracias por todo lo que nos ha dado, lo que nos da y lo que nos dará.

Jesús dijo que debemos “guardar todas las cosas que él mandó” (Mateo 28:20), por ejemplo, que debemos participar constantemente en la cena del Señor, que debemos ofrendar debidamente, que debemos ayudar al más necesitado, especialmente a los hermanos en la fe, que debemos llevar la verdad del evangelio a toda persona para que sea salva (1 Timoteo 2:3-4).

¿Y quién es el Señor? Se preguntan la mayoría de los creyentes, para que tengamos que hacer lo que él dice.

Tú que dices ser cristiano ¿Cuántas veces a la semana participas en la cena del Señor? ¿Ofrendas debidamente? ¿Te despojas de lo tuyo para ayudar  a los más necesitados o solo das lo que vas a votar? ¿Cuántas personas has llevado a Cristo?

Cuando usted, les dice a las personas sus responsabilidades para con el reino de Dios, no vuelven a la congregación, porque no quieren oír eso. Se sienten aludidas y acusan al predicador de repetir siempre lo mismo. A mí me han dicho: “sus temas están siendo personales, van dirigidos a alguien en particular”.  

Yo no escribí la Biblia”, al que le cae el guante que se lo plante. Solo quieren oír lo que Jesús les puede dar, pero no lo que ellos le pueden dar a Jesús. 

No quieren saber nada acerca de sus responsabilidades ni de sus fallos, quieren un evangelio acomodado, entonces buscan una iglesia que sea de acuerdo a sus parámetros.

Por eso, la verdadera iglesia es “la manada pequeña” (Lucas 12:32), porque la componen únicamente, los pocos cristianos comprometidos. Los demás, se van a las iglesias, en donde no hay compromisos;  en donde tienen cabida los cristianos nominales, que creen que ser siervo de Dios, es asistir al culto una vez a la semana  para limpiarse de sus pecados, o para pedirle algo al Señor y punto.

La mayoría de los cristianos, ni siquiera se atreven a poner un comentario bíblico en las “redes sociales”, por temor a la crítica, por  temor a ser tildados de panderetas, por el temor de que los hagan a un lado. El que no es conmigo, conmigo desparrama, dijo el Señor.

Nunca más que antes, el reino de Dios necesita de siervos que se enfrenten a Satanás con la palabra de Dios en la mano, que se opongan a las prácticas y enseñanzas que van en contra de la palabra de Dios.

El que calla otorga, dice el dicho. En el caso de los creyentes, el que calla otorga que no está comprometido con Dios, otorga que no está dispuesto a arriesgar nada, otorga que no está dispuesto a luchar por el reino de Dios, otorga que es tan solo “un creyente nominal” más.

Si los creyentes se vieran amenazados de ir a la cárcel por predicar el evangelio, tal y como ocurrió con los apóstoles, seguro orarían así: "Padre, ten misericordia de nosotros,  no permitas que nos metan a la cárcel, recuerda que estamos trabajando para ti".

Esa no fue la oración de los apóstoles, ellos no oraron para ser librados de la cárcel, ellos oraron, para que el Señor, les concediera todo denuedo para hablar la palabra de Dios;  para que el Señor  hiciese señales y prodigios, que confirmaran, que ellos venían en su nombre (Hechos 4:29-30). 

Los apóstoles nunca pensaron en ellos mismos, sino en servir al Señor. Hay creyentes, que nunca se congregan, que nunca estudian la palabra de Dios, que no le regalan de su tiempo al Señor, pero dicen, que hablan con Dios todos los días, al levantarse. Sus oraciones son: "cuídame, ayúdame, protégeme"; jamás dicen: “envíame”.

En las iglesias enseñan los versículos que les convienen, o los versículos que les prometen algo, y con esos versículos forman una doctrina,  ignorando los demás versículos y las demandas del Señor.

Supóngase que en una boda, el novio diga ante el altar: "Acepto a esta mujer, como mi cocinera personal". No me cabe la menor duda, de que la novia se sentiría utilizada y no se casaría.

Lo mismo es verdad respecto de Jesús. No se trata de ver a Jesús, como nuestro servidor, sino, en amarlo y servirle como el Señor de nuestras vidas.

Jesús dijo que muchos lo seguían, pero no iban detrás de él,  sino detrás del  pan que él multiplicaba (Juan 6:26-27) . Eso sucede con la mayoría de los creyentes, siguen a Jesús por lo que Jesús les pueda dar.

¿Qué sucedería, si un Congreso de Teólogos llegará a la conclusión de que no hay ni cielo ni infierno? ¿Cuántos cristianos quedarían? Casi ninguno, la mayoría diría: "Si no hay cielo ni infierno, ¿Para qué seguir a Cristo?".

La mayoría de los creyentes, van a la iglesia, con la esperanza de recibir un milagro, no para ponerse a las órdenes del Rey de reyes y Señor de señores.

Por ejemplo, ustedes pueden ver, las miles de personas, que se congregan cuando Benny Hinn llega a una ciudad. ¿A qué van? No van a escuchar la palabra de Dios, van con la esperanza de recibir un milagro.

Lucas 12:32 No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. 12:33 Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye. 12:34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

De este pasaje, en las iglesias enseñan únicamente el verso 32. Ellos leen este verso y se alegran diciendo “el reino de Dios es de nosotros, porque a Dios le plació dárnoslo”.

Pero,  no hacen referencia a  los versos  33 y 34 ¿Por qué? Porque allí se les dice, que deben vender sus bienes para compartirlos con los más necesitados; porque allí se les dice, que deben hacer tesoros en el cielo, y eso no les conviene.

Es cierto, que  Dios le place darnos el reino, pero únicamente a aquellos, que  estamos dispuestos a renunciar a nuestra vida materializada. He escuchado muchos sermones basados en el verso 32, pero nunca  escuché un sermón basado en los versos 33 y 34. Estos versos no están en el Evangelio de los pastores actuales.

¿Quién es el que decide, cuáles versículos sí y cuáles no? ¿Quién decide, cuáles son obligatorios y cuáles son optativos?

En las iglesias, existen algunos mandamientos obligatorios, como "no embriagarse” y otros optativos, como "el vivir para Cristo”.

Jesús dijo: “y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí  (Mateo 10:38).

Seguir a Cristo no es creer en él, seguir a Cristo no es  hacerle peticiones, seguir a Cristo no es ir al culto los domingos. Seguir a cristo es  seguir sus pasos, haciendo todo lo que él haría en nuestro lugar.

Levanta tus ojos hacia el cielo, observa a Jesús en su trono, entiende que él es el Señor de señores, y como tal, espera que tú, buen siervo del reino invisible de Dios, hagas todo lo que él te mandó que hicieras.