EL PELIGRO DE NO PERDONAR
El Señor Jesús dijo que “si perdonamos a los hombres sus ofensas, Dios también perdonará las
nuestras, pero si no perdonamos a los hombres sus ofensas, Dios tampoco nos
perdonará” (Mateo 6:14-15).
Muchos dicen que ya perdonaron pero si viven con un sentimiento de hostilidad hacia la persona ofensora, eso delata que tiene un corazón que no ha perdonado, porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).
No podemos borrar el pasado de nuestra
memoria, pero eso no significa que no
hemos perdonado. Una cosa es la memoria
del dolor y otra la memoria del rencor. La memoria del rencor se atrinchera, no perdona y espera una venganza.
La memoria del dolor perdona pero ese
perdón no es amnesia ni es superficial, es un
perdón real con un duelo como valor agregado. La memoria del dolor admite
al pasado como experiencia y no como lastre; opera como una señal de alarma que te protege y te previene de aquel que te
causó daño y da paso a una reconciliación. En cambio, la memoria del rencor no da paso a ninguna
reconciliación, sino que está en espera de vengarse y hacer pagar al que le
hizo daño.

No podemos esperar que el tiempo nos haga
olvidar los malos recuerdos, eso no sucederá. Tampoco podemos darle la espalda a la persona que nos ha hecho
daño, eso no es perdonar sino enterrar, y sería tener dentro de nosotros una
especie de cadáver que ocupa espacio y nos perturba. El verdadero perdón
recuerda a esa persona que nos hizo daño
sin deseos de venganza
Pedro le preguntó a Jesús si debería perdonar al hermano que lo agraviaba por siete veces, y el Señor le dijo que no siete sino setenta veces siete (Mateo 18:21-22). Lo que eso significa es que debemos perdonar las veces que sean necesarias.
Inmediatamente Jesús le dijo que el reino de los
cielos es semejante a un rey que hizo cuentas con sus siervos; que el Rey le
perdonó una deuda de 10.000 talentos a uno de sus siervos, pero éste ,una vez
que fue perdonado, no perdonó a un consiervo que le debía cien denarios,
entonces el rey muy molesto lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo
que debía y agregó: “Así también mi Padre
celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su
hermano sus ofensas”. (Mateo
18:23-35)
Dijo nuestro Señor Jesús en Juan 10:10: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. El ladrón es satanás.
Aunque no hayas
hecho nada para merecer una ofensa, tampoco has hecho nada para merecer el
perdón de Dios, y Dios decidió “no acordarse nunca más de tus pecados (Hebreos 10:17). Dios te perdona y te cierra la puerta con
cuatro cerraduras, pero si tú no perdonas a tu ofensor, te sucederá lo del
siervo que no perdonó al consiervo. Eso es dejarle la puerta abierta al diablo
para que haga su obra de destrucción, y Dios lo permitirá.
El pecado se asemeja a una deuda y el perdón a
la cancelación de esa deuda. El verbo griego que se traduce “perdonar” significa “pasar por alto una deuda, renunciar a ella
al no exigir su pago”. Por eso, cuando decidimos perdonar a alguien que nos
ha herido, ya no consideramos que nos deba nada.
Ahora piense en el lado positivo, es decir, los beneficios de perdonar. Cuando
perdonamos a los demás mantenemos la paz y la unidad, y nos llevamos bien con
otros. Pero lo más importante es que garantizamos que el perdón de Dios se haga
efectivo en nosotros y mantengamos la esperanza de la vida eterna.
No debemos perdonar al ofensor una vez, ni
siquiera siete veces, lo debemos perdonar las veces que sean necesarias, porque
Dios no te perdona una vez, te perdona siempre.



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