ESTAR EN CRISTO,UNA POSICION

 


Por Jesús Vargas

La Palabra de Dios nos dice que “no hay ninguna condenación para el que está en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). También nos dice que el día del arrebato, “solamente los que están en Cristo volarán al cielo para estar siempre con Él”. Vea usted la importancia de estar en Cristo. ¿Pero, que es  lo que eso significa?

Para entenderlo, debemos ir a 1 de Corintios 15:45-48. En ese pasaje se nos revela que para  Dios solamente existen “DOS HOMBRES”: 1)  ADÁN que es de la tierra, y  2) CRISTO que es del cielo. Y TODOS los seres humanos somos parte de uno de los dos. En otras palabras, estamos dentro de la familia de Adán o estamos dentro de la familia de Cristo.  Los que están en Adán son terrenales y los que están en Cristo son celestiales, dice el texto.  Vea usted que ESTAR EN CRISTO es una POSICIÓN.

Para entenderlo, pongamos de ejemplo que vamos a un supermercado. Allí podemos ver una caja de galletas y tal vez una caja de confites. Si abriéramos la caja de confites, nos encontraríamos con muchos confites y no veríamos ninguna diferencia entre un confite y otro. Lo mismo sucedería con la caja de galletas. Pues bien, Dios nos ve de esa manera, como si hubieran dos cajas, una sería la caja de ADÁN y la otra la caja de CRISTO. El que está en la caja de ADÁN está condenado pero el que está en la caja de CRISTO está salvo.



Lo cierto es que todos nacemos siendo parte de la familia de Adán, por lo tanto estamos condenados, de tal manera que es necesario cambiar de familia ¿Y cómo lograrlo? El Señor le dijo a Nicodemo que había que nacer de nuevo (Juan 3:3-5). Lo que eso significa es que hay que “morir y resucitar”, es decir, ay que darle muerte al hijo de Adán (viejo Hombre) y resucitar como hijo de Dios. Pero no tenemos que suicidarnos, porque nuestro proceso de muerte y resurrección es en “SEMEJANZA ¿Y cómo es eso?.

El apóstol Pablo lo explica  claramente en Romanos 6:3-6. Allí nos dice que al “ser bautizados”, somos sepultados con Jesús, y a la vez resucitados con Él. Al ingresar a las aguas del bautismo, nuestro viejo hombre, el nacido de la familia de Adán, el terrenal, es sepultado. Al emerger de las aguas, nace una  nueva criatura en Cristo Jesús, un hijo de Dios, de naturaleza celestial.

Ese nuevo nacimiento Ya no es de una mujer “sino del agua”. ¿De dónde sale un terrenal al nacer? Del vientre de su madre. ¿De dónde sale un celestial al nacer? Del agua del bautismo.

Los terrenales somos engendrados por hombres. Mi padre engendró a mi madre y por eso yo nací. Los celestiales “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).  Por eso Jesús dijo que el nuevo nacimiento es “a través del agua pero también a través del Espíritu Santo”. El Espíritu Santo engendro a la virgen María, depositando a Jesús en su estómago. A nosotros nos engendra depositando a Jesús en la persona del Espíritu Santo en nuestro Espíritu el día de nuestro bautismo (Hechos 2:38). Por eso en Gálatas 2:20, Pablo dice, “ya no vivo yo más vive Cristo en mí”.  

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, dice 2 Corintios 5:17.  Únicamente el que ha muerto y resucitado con Cristo a través del bautismo ha sido justificado del pecado (Romanos 6:7) porque en las aguas del bautismo se nos lavan todos los pecados (22:16) No hay otra forma. Al sumergirnos en las aguas del bautismo, ingresamos a la sala de juicios y al emerger de ellas, salimos absueltos de toda culpa. Solo hay una verdad y esa verdad está en la Biblia. Si todos se apegaran a ella, no existirían las religiones. Si una persona no se bautiza,  seguirá ESTANDO EN ADÁN y no serás lavado de tus pecados. No digas después que no te lo adviertieron.



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