Si quieres que ocurran milagros; si quieres que se resuelvan problemas, si quieres que la gloria de Dios se haga presente en tu vida, entonces ya no ores tanto, mejor alaba. La mayoría de los creyentes oran, pero no todos alaban. Y nuestro Padre Celestial reacciona más rápida y efectivamente cuando lo alaban, porque se conmueve ante el amor de sus hijos. Y tiene sentido, usted como padre sabe que no es lo mismo que un hijo lo esté llamando para pedirles favores, a que ese hijo lo esté llamando para decirle lo mucho que lo ama y para agradecerle lo que ha hecho por él.
El Salmo 55:17 dice “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, Y él
oirá mi voz” mientras que el Salmo 119:164 dice “Siete veces al día te alabo A
causa de tus justos juicios.”
Ambos salmos fueron escritos por el Rey David y nos revelan que él oraba tres veces al día, pero alababa siete veces el mismo día, el cual acudía al Padre para hacerle algunas peticiones, pero acudía mayormente para demostrarle su amor y agradecimiento a través de la alabanza. Tal es así, que designó a algunos levitas para que tocaran salterios y arpas a fin de exaltar, agradecer y alabar a Jehová delante del arca del pacto (1 Crónicas 16:4-6).
La palabra de Dios nos enseña en Efesios 5:18-20, que el camino para ser llenos del Espíritu Santo es a través de la alabanza. Ser lleno significa que se rebalsa, que ya no cabe más. La palabra de Dios no prohíbe tomar vino o algún licor, lo que prohíbe es embriagarse, y embriagarse consiste en llenarse hasta que rebalse. Los creyentes no debemos llenarnos de vino porque puede producir disolución en aquellos que no se saben controlar. Pero, sí deberíamos llenar todo nuestro ser con el Espíritu Santo hasta que nos embriaguemos de Dios. Y lo que produce esa embriaguez espiritual es la alabanza.
Pero, debemos entender que si queremos ser llenos del Espíritu Santo, debemos estar vacíos de las vanidades de la vida. Jesús hizo el milagro del vino cuando las tinajas estaban vacías. Eso significa que debemos vaciarnos, y vaciarnos no significa que tenemos que deshacernos de lo que tenemos, lo que significa es que tenemos que “desapegarnos” de las cosas de este mundo. Si todo el día pasas trabajando, o estudiando, o divirtiéndote, u ocupado con la familia y no tienes tiempo para alabar al Padre Celestial, nunca podrás ser lleno del Espíritu, primero debes vaciarte de esas otras cosas. Si tienes rencores, o si amas el dinero y estás apegado al mismo, no esperes que Dios pueda llenarte. El joven rico no pudo seguir a Cristo porque estaba apegado a su riqueza y esa es la razón por la cual la mayoría de los ricos no entran al reino de Dios. No es su riqueza la que les impide entrar, es el apego a esa riqueza. Lo cierto del caso, es que la llenura del Espíritu se da cuando “alabamos” y no cuando oramos o hacemos otra cosa. Debemos alabar como lo hacía David.
Los del viejo testamento hacían sacrificios de animales para el perdón de los pecados, nosotros hacemos sacrificios de alabanza, no para que se nos perdonen los pecados, sino como un agradecimiento por haber sido perdonados para siempre, gracias a la sangre de Jesús derramada en la cruz. Un sacrificio implica la muerte de algo. ¿Qué sacrificamos cuando alabamos? Le damos muerte a nuestro yo. En la alabanza, nuestros labios confiesan el nombre de Jehová y el nombre de Jesús, no nuestro nombre; la gloria no es para nosotros, al alabar nos despojamos de toda gloria.
Por ejemplo, obtuvimos un título, obtuvimos un trabajo, hicimos un gran
partido de fútbol; entonces, alabamos al Señor. Nuestros labios confiesan su
nombre. Es un testimonio público de fe, No nos importa quién nos vea o quién
nos escuche. Lo que nos importa es aquel a quien dirigimos nuestra alabanza.
Algunos jugadores de futbol son criticados porque meten un gol y
levantan sus manos hacia el cielo como indicando que fue Dios y no ellos. Los
comentaristas han dicho ¿Acaso fue Dios el que hizo el gol? Claro que no, Dios
no hizo el gol, pero fue Dios el que le dio a ese jugador salud y cualidades para
que pudiera estar en ese terreno de juego, y él lo celebra dándole las gracias.
Debemos alabar a Dios por los favores concedidos, pero ante todo, debemos alabar cuando las circunstancias nos son negativas. Dios se agrada de estas alabanzas porque alabamos con fe, creyendo que las cosas van a cambiar aunque no tengamos ninguna prueba visible de ello. En esos momentos no vemos hacia nosotros mismos, sino que ponemos los ojos en Jesús, lo vemos sentado en su trono, esperando la alabanza para cambiar las circunstancias negativas en positivas (Romanos 8:28).
Solamente los que tienen fe, alaban en esas circunstancias, porque la
verdadera alabanza es aquella mediante la cual renunciamos a nuestra realidad,
y alabamos al Señor, como si la realidad fuera otra. Es en ese momento, que la
alabanza se convierte en un sacrificio.
Hay personas que se levantan y lo primero que hacen es hacerle peticiones a Dios. Pero Dios sabe de qué cosas tienen necesidad (Mateo 6:31-33). Lo que él espera, es que renuncien al yo y que en lugar de hacerle peticiones, le alaben, entonces Dios les dará todo lo que necesitan. No me malinterpreten, no he dicho que no debemos orar, claro que debemos orar. Lo que he dicho es que la alabanza produce más resultados que la oración, porque en la alabanza renunciamos al yo, mientras que nuestras oraciones tienden a ser muy egocéntricas.
Si usted alaba a Dios, entonces Él mandará sus ángeles y tapará las bocas de los que los
calumnian. Entonces él mandará sus ángeles para que hablen con su jefe y éste
mejore su salario, para que provean lo que
usted necesita para pagar su deuda. Sí estás en problemas, entonces alaba y
verá llover las bendiciones.
Usted puede leer en 2 Crónicas 20:20-24 lo siguiente: “Y cuando se levantaron por la mañana, salieron por el desierto de Tecoa. Y mientras ellos salían, Josafat estando en pie, dijo: Oidme, Judá y moradores de Jerusalén . Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados. Y habido consejo con el pueblo, puso a algunos que cantasen y alabasen a Jehová, vestidos de ornamentos sagrados, mientras salía la gente armada, y que dijesen: Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre. Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab, y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros. Porque los hijos de Amón y Moab se levantaron contra los del monte de Seir, para matarlos y destruirlos; y cuando hubieron acabado con los del monte de Seir, cada cual ayudó a la destrucción de su compañero. Y luego que vino Judá a la torre del desierto, miraron hacia la multitud; y he aquí yacían ellos en tierra muertos, pues ninguno había escapado”.
Esta es la descripción de una batalla. Los judíos estaban en desventaja,
su derrota era inminente. Entonces Josafat designó cantores para que entonaran
alabanzas a Jehová. Él les pidió que alabasen diciendo: “Dad gracias a Jehová,
porque su misericordia es para siempre”. Y cuando comenzaron a entonar las
alabanzas, en ese preciso momento Jehová puso emboscadas contra los hijos de
Amón, de Moab y de los del monte de Seir. Él respondió derribándolos a todos.
Debemos aprender de Josafat. Debermos aprender que a nuestros enemigos
los vencemos por medio de nuestras alabanzas. Muchas batallas se pierden debido
a que nuestras alabanzas están ausentes.
En el Salmo 18:3 David escribió “Invocaré a Jehová, quien es digno de
ser alabado, y seré salvo de mis enemigos”.
Si usted se enfrenta a situaciones y problemas que lo desmoronan, entonces recuerde una cosa: “¿Por qué no alabar?” Si ofrece una alabanza, Dios abrirá todas las puertas y romperá todas las cadenas. Invoque a Jehová a través de la alabanza y será salvo de sus enemigos. Si Dios lo prometió, Dios lo cumplirá. Aprenda esto: cuando te quejas, la batalla es tuya y Dios te dejará en manos del enemigo. Pero si alabas, la batalla es de Jehová y la victoria es inminente.
Se enseña que debemos orar y orar hasta que Dios nos quite la carga. Y que una vez quitada la carga, entonces alabemos. Esta es una enseñanza equivocada, ya que si uno ora y ora por lo mismo, es porque reconoce que el problema no ha desaparecido; el que esto hace sigue atado al problema. Pero si oramos una sola vez y después de orar solamente alabamos, las cadenas se romperán, porque ya no pregonamos el problema sino que anunciamos “la victoria de Dios” sobre ese problema, y eso es fe.
El apóstol Pablo le ordenó a un espíritu de adivinación que saliera de
una mujer. Esto molestó a los que la explotaban, quienes prendieron a Pablo y a
Silas y los entregaron a las autoridades. Éstas los encarcelaron, los enviaron
al calabozo de más adentro y les pusieron grilletes en los pies. Pablo y Silas
no se quejaron, sino que a medianoche comenzaron a alabar a Dios desde su
celda. Aunque las circunstancias les eran adversas, aunque sus cuerpos sentían
dolor, ellos veían a Dios en su trono. Eso aseguraba su victoria y por eso
alababan. Eso hizo, que Dios produjera un terremoto y envió a sus ángeles a que
les quitaran los grilletes y abrieran todas las puertas de la cárcel, para que
ellos salieran (Hechos 16:23-25).
Esto es así, porque la alabanza abre puertas y rompe cualquier cadena. El propósito de Dios no era que ellos estuvieran en la cárcel, Dios no provocó nada. Pero, Dios aprovechó la estadía de Pablo y de Silas en la cárcel, para obtener tremenda victoria sobre Satanás. Satanás no quería que ellos predicaran y por eso usó a los amos de la adivina para encarcelarlos. Sin embargo, ese día, el carcelero y toda su casa creyeron, se bautizaron y fueron salvos en medio de gran júbilo (Hechos 16:32-34). Ese día la alabanza produjo una gran victoria sobre el infierno.
Siempre recuerde que el Señor ha puesto en nuestras manos el recurso de la alabanza para darnos la victoria. La oración que conocemos como el “Padre Nuestro” es un modelo. No es que debemos repetir esa oración una y otra vez, como hacen algunas religiones. Lo que Jesús nos enseñó con el “Padre Nuestro”, es que toda oración debe seguir ese modelo. Entonces nos enseñó, entre otras cosas, que las oraciones se inician santificando el nombre de Dios. El dijo: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9).
Antes de cualquier petición, primero tenemos que alabar. Esas alabanzas tienen que salir de nuestro corazón. No se trata de decir frases aprendidas. Muchas oraciones no son contestadas porque no contienen alabanza y otras porque esa alabanza no sale del corazón.Hay muchas cosas por las cuales alabar a Dios. Lo podemos alabar por su misericordia, por habernos escogido, por haber enviado a su hijo a morir por nosotros y por todo lo que nos ha dado. Lo podemos alabar por sus maravillas, por sus prodigios, por su poder, para dar gloriar a su nombre y por supuesto, para alegrar nuestros corazones en esos momentos de angustia.
Cuando usted alaba, Satanás huye porque viene el que tiene el poder y la
gloria. Cuando alabamos, el diablo ya no puede seguir haciéndonos daño, ya no
puede seguir robándonos, ya no puede seguir enfermándonos, porque tiene que
huir.
El Salmo 50:23 dice “El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que
ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios”
El Señor está esperando que le honremos a través de la alabanza, para venir en nuestro auxilio. Ninguna otra acción glorifica tanto a nuestro Dios como la alabanza. La profecía pasará, la oración pasará, pero la alabanza perdurará por la eternidad. La Biblia nos muestra algunos pasajes celestiales y en ellos, siempre encontramos adoradores alrededor del trono de Dios. Cuando lleguemos a los cielos, no vamos a orar, no vamos a profetizar, no vamos a echar demonios, al cielo vamos a ir a alabar a nuestro Dios y a nuestro Señor Jesucristo.
Ahora, podemos vislumbrar algunas cosas, pero aún no podemos
comprenderlo todo. Si algo nos pasa, nos quejamos, no alabamos, por falta de
conocimiento. En el cielo será distinto, allí las alabanzas abundarán, porque
tendremos pleno conocimiento de todas las cosas.
Jesús le dijo a la samaritana: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23). Jesús dijo que debíamos adorar en espíritu y en verdad. ¿Qué es lo que eso significa? Adorar “en verdad”, significa que toda alabanza debe fundamentarse en la verdad absoluta de la palabra de Dios. Si cantamos alabanzas que no se ajustan a la verdad, testimoniamos una mentira. Eso no va a honrar ni agradar a Dios. Hay muchas alabanzas que afirman cosas que no están en la palabra de Dios. Otras dicen medias verdades, pero no verdades absolutas. Cuando una persona predica, debe hacerlo basado única y exclusivamente en la palabra de Dios. Lo mismo debe ser cuando alabamos. Debemos recordar que al alabar testimoniamos y no podemos testimoniar una mentira.
Ahora, cuando alabamos a Dios, nuestro espíritu se debe remontar por encima de las circunstancias, eso es lo que significa ADORAR EN ESPÍRITU. No alabamos por lo que ven nuestros ojos, sino por lo que ve nuestro espíritu. En otras palabras, la alabanza tiene que hacernos percibir alguna realidad espiritual. Si la alabanza es de agradecimiento, es porque podemos ver la realidad espiritual de nuestra salvación y podemos percibir que toda bendición que hemos recibido vino de Dios. Si estamos en medio de la tormenta y alabamos, es porque podemos ver a Jesús en su trono, y por ello proclamamos nuestra victoria, a través de la alabanza. Al ver esas realidades espirituales, es posible que lo más profundo de nuestro ser se vea afectado. Nuestra alma es tocada y es posible que lloremos o que gritemos de júbilo. Cuando eso sucede, nos damos cuenta de que estamos adorando en espíritu y en verdad.
No dejes de orar, ora tres veces al día. Pero alaba siete veces, porque
la alabanza te dará la victoria. Dios enviará sus ángeles y quitará tus
cadenas. Tómalo muy en cuenta.
