Note usted, que generalmente, desde el punto de vista del hombre, se mide la espiritualidad de una persona por su comportamiento. Es una apreciación totalmente externa y equivocada. Sin embargo, para Dios, la persona espiritual es la “que percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”. Dios hace una diferencia entre el hombre natural y el hombre espiritual. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”, algo que sí puede hacer el hombre espiritual (1 de Corintios 2:14).
Todos nacemos siendo hombres naturales, con una visión limitada a este mundo natural. Lo que vemos con nuestros ojos, lo procesamos con nuestra mente y le buscamos una lógica o una razón. Pero no podemos entender las cosas sobrenaturales que vienen de Dios. Eso, solo lo puede hacer el hombre espiritual, en cuyo espíritu mora el Espíritu de Dios. Al creer el evangelio y bautizarnos recibimos el Espíritu Santo (Hechos2:38), y nos convertimos en personas espirituales.
Pero, no todos tenemos el mismo nivel de espiritualidad. En la vida natural, primero somos niños, luego crecemos y nos convertimos en jóvenes, luego adultos, posteriormente en personas maduras y por último en ancianos. En la vida espiritual debe suceder lo mismo: Primero, somo niños espirituales, y debemos ir creciendo para convertirnos en jóvenes, en adultos, en personas mayores y en ancianos.
Los “ancianos” espirituales son los que tienen mayor nivel de espiritualidad y son los más capacitados para ejercer el ministerio de enseñanza. Sin embargo, ese nivel de espiritualidad no lo marcan los años, sino el empeño en el estudio de la palabra de Dios. Hay personas que tienen muchos años de haber recibido el Espíritu y sin embargo siguen siendo niños espirituales. A eso se refería el apóstol Pablo, en 1 de Corintios 3:1-3, donde dijo lo siguiente: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía”.
Pablo se estaba refiriendo a personas que habían recibido el Espíritu, pero dice que no pudo hablarles como a espirituales, porque no lo entendían. Y, no lo entendían, porque no habían tenido ningún crecimiento espiritual. Pablo les llamó “carnales” o “niños en Cristo”. Vea usted, que carnal no es el creyente que peca, carnal es el creyente que no crece espiritualmente. ¿Por qué no crecen? Porque no se alimentan. El Señor Jesús dijo que “no solamente de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mateo 4:4).
En el mundo natural, si un niño no se alimenta, no solo no crece, sino
que llega a enfermarse y hasta morir. Así sucede con los que no crecen
espiritualmente. No solo no crecen, sino que son llevados extraviados
fácilmente por falsas doctrinas. Como no tienen conocimiento, creen todo lo que
su pastor les dice, sin ni siquiera verificarlo con la palabra de Dios.
El señor Jesús oró para que fuéramos “santificados en la palabra de Dios” ( Juan 17:17). La palabra de Dios produce una especie de creyentes con una revelación y un conocimiento de Dios, mayor que la de los demás. A mayor revelación, mayor espiritualidad, y por supuesto, mayor santidad. Son santificados, o sea apartados, para que lleven el conocimiento a otras personas y ganen muchas almas para Cristo. Eso solamente lo pueden hacer los hombres espirituales que han sido santificados en la Palabra de Dios..
El hombre es un espíritu que vive en un cuerpo y posee un alma. Cuando el hombre está en la etapa terrenal, es dominado totalmente por el alma. El alma, que contiene la mente, y la voluntad, es el “yo”, que lo identifica de los demás. Y el alma está unidad al espíritu. A esa unión la Biblia le llama “la carne” (Génesis 6:3). El hombre no puede ver más allá ni conocer a Dios porque el alma está fundida con el espíritu y lo tiene bajo su dominio. Por eso es necesario que el alma y el espíritu se separen. Y, eso es lo que hace la palabra de Dios. De la misma manera que un carnicero toma un pedazo de carne y separa las coyunturas de los huesos, la palabra de Dios separa el alma del espíritu, para que el espíritu se independice del alma. “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Cuando esa separación se da, el hombre puede ver las cosas espirituales que el Espíritu Santo le enseña, porque ya el alma no se lo va a impedir.
1 de Corintios 2:6-10 dice: “hablamos sabiduría
entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los
príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en
misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para
nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque
si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes
bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en
corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero
Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo
escudriña, aun lo profundo de Dios”.
Vea usted, que el hombre que ha alcanzado madurez espiritual, recibe revelación de Dios, y recibe la sabiduría que Dios ha ocultado al hombre natural a través de los siglos. Pero esa revelación va directamente del Espíritu de Dios al espíritu del hombre, no a su alma. Y, solamente aquel cuyo espíritu se ha ido independizando del alma, puede recibirla. Dios irá dando sabiduría evolutivamente, conforme maduremos en la etapa espiritual.
El apóstol Pablo se preguntó: “¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios que mora en el hombre (1 de Corintios 2:11). Nadie sabe lo que pensamos, ni lo que tenemos en nuestro corazón. La gente ve solo la apariencia, pero, solo nuestro espíritu nos conoce como somos. De igual manera, nadie conoce las cosas de Dios sino tiene el Espíritu de Dios que mora en el hombre.
“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu
que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual
también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las
que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual" (1 de Corintios 2:12-13). Dios nos ha dado su espíritu para que sepamos
sus pensamientos y conozcamos su voluntad. Si una persona no tiene el Espíritu
Santo, no puede saber las cosas de Dios. Pero si lo tiene, debería saberlo.
Dios nos ha dado su Palabra escrita, y nos ha dado su Espíritu para que nos ayude a entenderla y crezcamos espiritualmente. Pero resulta que la gran mayoría de creyentes tiene la palabra de Dios, pero ni siquiera la abren. De esa manera, están impidiéndose a crecer espiritualmente.
La palabra de Dios es diferente a la palabra de cualquier otro libro. La palabra de Dios es viva y eficaz (Hebreos 4:12). ¿Qué quiere decir con eso? Que al leerla o escucharla cumple su propósito de revelación. La palabra de Dios está cargada de toda la energía divina, y cumple el propósito para el cual Dios la ha enviado. “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”, leemos en Isaías 55 verso 11.
Cada palabra de Dios está destinada a cumplir su propósito, aquello para lo cual ha sido enviada. La Biblia es el único libro que puede traer sabiduría a su vida, esperanza para su familia y la proyección de una gloria eterna. Podemos alcanzar la madurez espiritual si nos ejercitamos en el estudio de Su Palabra. Si queremos crecer espiritualmente debemos estudiar la Biblia una y otra vez, para que Dios siembre los pensamientos bíblicos en nuestra mente, y en nuestro corazón. La persona que quiere dosificar su cuerpo, no lo hace con solo ir una vez al gimnasio, debe hacerlo por mucho tiempo. Si quieres ser exitoso en el deporte debes practicar todos los días. Nadie obtiene un título yendo a la universidad una vez por semana, y sin estudiar las materias constantemente. Se necesita constancia, y así sucede con el estudio de la Biblia, se necesita constancia para que podamos obtener revelación, y crecer espiritualmente.
Resumimos entonces, que un hombre espiritual no es aquel que no peca, o que no falta al culto, o que no bebe, ni toma. Un hombre espiritual es aquel que ha recibido mucha revelación de Dios, gracias a su empeño en el estudio de la palabra de Dios. Y solo el hombre espiritual puede enseñar, y puede enfrentar a los falsos apóstoles y maestros. Desdichadamente, los ancianos espirituales brillan por su ausencia en los púlpitos de las congregaciones. Por eso la gran mayoría de creyentes no conocen la verdad del evangelio.
