Los infieles han sido condenados y enviados al lago de fuego, es hora de hacer nuevas todas las cosas, como lo relata el apóstol Juan:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:1-2).
Un cielo nuevo, una
tierra nueva, y una nueva Jerusalén que vendrá directamente del cielo. Eso no
significa necesariamente que el cielo y la tierra van a ser destruidos, sino
que van a ser transformados y limpiados de todo lo negativo. Y se dice que ya no
habrá mar. No hay nada más hermoso y que simbolice la grandeza de Dios que el
imponente mar. Por eso, es sorprendente ver que
se diga que en la Nueva Tierra no habrá mar. Es triste imaginar un mundo
físico real sin mar; debe haber un significado espiritual aquí. Lo cierto es
que el mar separaba a los pueblos entre sí. Para el apóstol Juan en la isla de
Patmos, las aguas profundas eran como los muros de una prisión, aislándolos de
sus hermanos y de su obra, pero en el gobierno de Cristo no existirán esas divisiones.
En este sentido espiritual es que no habrá mar, eso creo en mi humilde opinión.
Juan continúa narrando su visión: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:3-4).
Que noticia más increíble, el Padre Celestial vendrá a morar con los hombres, y Él mismo enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y ya no habrá llanto, muerte ni dolor, pues el que causaba estas cosas ha sido eliminado.
“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apocalipsis 21:5-6).
Recordemos que el
Señor dijo en la cruz: "Consumado es”. La base de la redención
había sido establecida de una vez por todas y el sacrificio había concluido.
Ahora dice: "Está hecho". La redención ha sido completada. Los
redimidos se encuentran a salvo, en su hogar. No queda nada sin acabar. La
Nueva Jerusalén será el hogar de los redimidos. Lo único que se nos pide para
estar en ella es tener sed de la vida eterna que nos suministra. Y sus palabras
son fieles y verdaderas, lo que implica que todo lo que está profetizado
sucederá, no pasará ni una tilde de lo que está escrito.
LA CIUDAD DE LA GLORIA:
Los juicios han quedado atrás y las terribles plagas que asolaron la tierra han tocado a su fin. Y la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descenderá del cielo, y Dios vendrá a morar en ella. Y Dios hará nuevas todas las cosas. Una nueva Jerusalén vendrá del cielo a la tierra, en ella Dios morará con los hombres, y Él enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte ni llanto, ni dolor, porque todo eso es pasado.
Y, “El que venciere heredará todas las cosas, y
yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los
abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos
los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es
la muerte segunda” ha dicho el Padre celestial (Apocalipsis 21.7-8).
Se nos dice que algunos tipos de personas se perderán esta nueva vida: 1) los cobardes e incrédulos, aquellos que temen convertirse a Cristo por temor a las críticas, y los que no creen el evangelio; 2 ) los abominables y homicidas, aquellos de mente corrompida, que promueven por ejemplo la ideología de género, negándole la vida eterna a los que se dejan engañar; 3) los fornicarios y hechiceros, aquellos que dicen ser cristianos pero traicionan a Dios con otros dioses falsos y que promueven prácticas espirituales con el diablo y los demonios que están detrás de esos dioses, 4) los idólatras y mentirosos, aquellos que promueven la adoración a las imágenes, mintiendo al decir que eso no va en contra de la Palabra de Dios.
Seguidamente, Juan recibe una nueva visión de la gran ciudad y la describe de manera gráfica, pero que nos cueste imaginarla. En primer lugar, se nos informa acerca de la estructura de esta ciudad:
“Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Apocalipsis 21:9-14).
La MURALLA alta que cubre la ciudad nos habla acerca de la íntima comunión con Dios en su verdad (1 Juan 1:5-6), y la separación de todo aquello que no sea la verdad. Las PUERTAS llevan los nombres de las tribus de Israel, que es un recordatorio de que "la salvación procede de los judíos” (Juan 4:22). Los FUNDAMENTOS hablan acerca de la verdad del evangelio de Cristo predicado por los doce apóstoles (1 Juan 1:3).
“El que hablaba conmigo tenía una caña de
medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad se halla
establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la
ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de
ella son iguales. Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de
hombre, la cual es de ángel” (Apocalipsis
21:15-17).
Cuando Dios mide algo es una señal de que le pertenece. El número 12, que encontramos en todo este relato, es el número correspondiente al gobierno en las Escrituras. Su largo, anchura, altitud son todas con una medida de 12.00o estadios , y un estadio equivale a 180 metros, así que cada lado mide 2.160.000 metros. El muro mide 144 codos y un codo equivale a 85 cm, de tal manera que su medida es de 12.240 metros. Imagine la clase de estructura. Será una ciudad de proporciones perfectas, es lo que simboliza, todo lo que Dios hace.
“El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio” (Apocalipsis 21:18-21).
El muro es de
jaspe, pero la ciudad de oro puro Las perlas simbolizan la belleza, pero a la
vez el dolor, porque la belleza de la perla es el resultado del dolor de una
ostra. La perla se forma cuando se introduce en el caparazón de la ostra un
diminuto pedazo de arena y la ostra se siente muy incómoda. Es como si hubiera
pedazos de galleta en la cama. Para aliviar su dolor cubre el producto
irritante con un nácar lustroso que se endurece y produce esa perla preciosa y
que brilla. Eso significa que los redimidos no olvidarán por toda la eternidad el
sufrimiento de Cristo en la cruz por su salvación.
“Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:22-27).
No hay templo, porque Dios en el hombre es el templo. Por ello, se nos dice en 1ª de Corintios "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
Si Dios mora en
usted por medio del Espíritu Santo, entonces usted forma parte de ese templo
celestial y comparte el honor de ser el hogar de Dios, de ser su morada y de
ahí procede la luz radiante.
No hay necesidad ni
del sol ni de la luna. No habrá nunca noche porque estará siempre iluminada por
la gloria de Dios en el hombre.
Las puertas no se cerrarán nunca porque no existirá la noche y, por lo tanto, no será necesaria protección alguna. Las ciudades suelen cerrar sus verjas de noche por causa del peligro que corren, pero no habrá nada que destruir en este nuevo mundo que nos espera. Los reyes de la tierra traerán consigo su gloria, no con el fin de competir con la gloria de Dios, sino para que se manifieste bajo la luz de Dios. Nada impuro entrará en ella porque solo tendrán admisión a ella los redimidos. Finalmente se describe la vida de la ciudad en las primeras palabras del capítulo 22:
“Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 221-5).
Hay un RÍO que fluye desde el trono de Dios.
El río simboliza al ESPÍRITU SANTO.
Jesús dijo que los que creen en él "de ellos fluirán ríos de agua viva.
Juan comenta: "Esto dijo acerca del Espíritu que habían de recibir los que
creyeran en él. El ÁRBOL DE LA VIDA
es un símbolo de Jesús mismo, que es el camino, la verdad y la vida.
Cuando nos alimentamos de la Palabra de Dios estamos comiendo y alimentándonos de Jesús y eso produce salud espiritual.
“Y me dijo: Estas palabras son fieles y
verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su
ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto. “¡He
aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de
este libro” (Apocalipsis 22:6-7).
Hay una garantía, que ofrece el propio Dios, de que estás palabras las debemos de creer porque son fieles y verdaderas, y la garantía de Jesús mismo. "Léanlo, estúdienlo, guárdenlo”, nos dice. Recibirán ustedes bendición y fortaleza gracias a él y se prepararán para recibirle cuando él venga. A continuación hay una palabra de Juan:
“Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios” (Apocalipsis 22:8-9).
Juan nos está recordando que solo ante Dios debemos inclinarnos y adorarlo.
“Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:10-11).
No selles este libro, todo lo contrario, muéstralo a todos para que el injusto, el inmundo y el justo sepan lo que son y lo que practican.
“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Apocalipsis 2212-13)
Esa es una maravillosa promesa de que cuando venga, seremos recompensados por poner nuestro granito de arena en la edificación del cuerpo de Cristo.
“Bienaventurados los que lavan sus ropas,
para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la
ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los
homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira” (Apocalipsis 22:14-15).
Esa es una solemne advertencia de que únicamente los que están en Cristo estarán allí. Y otra palabra más de Jesús:
“Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis:22-16-17).
El libro termina con una invitación de Cristo y de la iglesia de Cristo, a recibir el Espíritu Santo de manera gratuita. La salvación es gratis, no la rechaces.
Y por último una advertencia: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (Apocalipsis 22:18-19)
Estamos advertidos a no adulterar el mensaje del Apocalipsis, ni agregándole ni quitándole, no sea que nos vengan todas las plagas profetizadas.
"El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén” (Apocalipsis 22:20-21).
Hemos llegado al
final. Gracias por acompañarme en este viaje por las Santas Escrituras. Ya
conoces lo que se avecina. Comparte lo que sabes con tus amigos, familiares y
vecinos. Que el Espíritu Santo te permita ver estas verdades y compartirlas.







