SED SANTOS PORQUE YO SOY SANTO
Por Jesús Vargas
Hoy voy a tratar un tema que se las trae. Resulta que muchos pastores evangélicos enseñan la “doctrina de la santificación” que se resume en que debemos esforzarnos para no pecar y en abstenernos de muchas cosas para ser santos como Dios, y poder así alcanzar la salvación.
Se fundamentan en 1 de Pedro 1:16 que dice: “sed santos, porque yo soy santo” y en Hebreos 12:14 que dice: “seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.
Extrañamente, el apóstol Pablo, tanto en la carta a los Filipenses, como a los Colosenses, Hebreos y Romanos, se dirige a “todos” los que están en Cristo como “santos” ¿Cree usted que en esas comunidades todos estaban libres de pecado y habían alcanzado la santidad por méritos propios? Por supuesto que no. Eso es únicamente para los que estaban en Cristo.
Lo cierto es que la palabra “santo”, en el original es “qadôsh”
y tiene dos significados 1) puro y 2) consagrado. “PURO” significa sin
mancha ni pecado como Dios. Por su parte, “CONSAGRADO” significa apartado o escogido para Dios.
Lo de consagrado lo podemos ver en el Viejo Testamento donde algunos objetos, lugares y días son declarados como santos. ¿Cómo pueden los objetos ser santos? Porque son apartados o escogidos para Dios.
En Deuteronomio 7:6 y en Levítico 20:26 Dios llama “pueblo santo a Israel”, aunque éste era un pueblo pecador e idólatra ¿Por qué era santo? Porque Dios lo escogió y lo apartó de entre todos los pueblos de la tierra para ser su Dios.
Nadie
puede ser santo como Dios, en el sentido de que nadie puede dejar de pecar y ser puro
como él, por más que lo intente, por eso en 1 Juan 1:8 se nos dice que “el
que diga que no peca es un mentiroso”.
Eso sí, todos
podemos ser santos en ambos sentidos, en el segundo sentido porque Dios nos escogió desde la fundación del
mundo para apartarnos para Él
(Efesios 1:4). Y en el primer
sentido porque en Cristo somos “santificados, redimidos y justificados”
(1 Corintios 1:30), es decir, en
Cristo Dios nos ve limpios de todo pecado porque ve a Cristo en nosotros. Dios
no nos exige imitar a Cristo, lo que nos pide es que estemos en Cristo. La
santificación es un regalo de Dios,
no es algo que podemos obtener por nuestro esfuerzo. Fuera de Cristo nadie es santo.
Para a entenderlo mejor, vamos a Génesis 3:1-7. Allí se dice que Adán y Eva comieron del fruto prohibido, y vieron su desnudez “como mala”, entonces cosieron unas hojas de higuera para cubrirse, creyendo que con ello cubrían su pecado. Esas hojas simbolizan el “ESFUERZO HUMANO” para lavar su pecado. Como el esfuerzo humano era en vano, Dios sacrificó un animal para extraerle la piel y cubrir así a Adán y Eva de su pecado. La sangre del animal les alargó la vida, y ese animal sacrificado es un símbolo de Cristo.
Lo que nos revela ese pasaje es que la santidad no es algo que podemos obtener por nosotros mismos, la santidad nos viene por medio de la GRACIA de Dios y por la SANGRE DE CRISTO. Nunca podremos justificarnos ante Dios por nuestro comportamiento, no habrá hojas de higuera que nos cubran. Ante Dios siempre estaremos desnudos, al menos que él nos cubra con su gracia.
Esos pastores que enseñan la doctrina de la
santidad no han entendido que en Cristo fuimos santificados el día de nuestro bautismo, por
ello enseñan que hay que esforzarse por alcanzar la santidad, algo que nunca
nadie va a alcanzar por medio de su comportamiento. Esforzarse por alcanzar la
santidad es negar la obra de Cristo, entonces “por demás murió Cristo” (Gálatas
2:21).
Nosotros no podemos alcanzar el mínimo grado de santificación. Somos justos y santos porque estamos en Cristo. Hemos sido limpiados de todos nuestros pecados, eso nos hace santos. Y hemos sido escogidos por Dios y para Dios, esto también nos hace santos en el otro significado de esa palabra.




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