¿TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS?

 

¿TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS?  La respuesta a esa pregunta es un NO definitivo. Todos los seres humanos somos criaturas creadas de Dios, pero, no somos sus hijos. Si todos fuésemos hijos de Dios la palabra de Dios no diría que: “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12-13).

Todos, absolutamente todos “estamos en Adán”, somos de su familia. Por lo tanto, todos estamos “condenados” porque “por la transgresión de Adán vino la condenación a todos los hombres” (Romanos 5:18), y “por su desobediencia todos fuimos constituidos pecadores” (Romanos 5:19). 

Es decir, somos pecadores por constitución. No necesitamos pecar para ser pecadores, ya lo somos por el simple hecho de ser descendientes de Adán. Eso es un regalo negativo de Adán, una desgracia.

Así que necesitamos estar en Cristo, ser de su familia, porque al estar en Cristo somos constituidos justos por su obediencia (Romanos 5:19) y somos salvos de la condenación, pues “no hay ninguna condenación para el que está en Cristo” (Romanos 8:1). Eso es un regalo de Dios, eso es  gracia.

Al estar en Adán no necesito pecar para estar condenado. Al estar en Cristo, aunque peque, mis pecados no son tomados en cuenta (Hebreos 10:17) porque Dios prometió no acordarse de los pecados de los que están en Cristo, en otras palabras, prometió no tomarlos en cuenta.


La pregunta del millón es ¿Cómo pasar de estar en Adán para estar en Cristo? Y aquí es donde las religiones engañan. Jesús le dijo a Nicodemo que si quería “ver el Reino de Dios y entrar en el mismo”, debía “nacer de nuevo". En otras palabras, lo que le estaba diciendo es que si quería ser parte del reino de Dios y de Cristo, debía nacer de nuevo. Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? - Respondió Jesús: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3-5).

En la mayoría de las denominaciones cristianas dicen que ese nuevo nacimiento se da al aceptar a Cristo como su salvador. Pero eso es una media verdad que se convierte en mentira, pues al aceptar a  Cristo solamente se nos da la potestad o el derecho de convertirnos en hijos de Dios, pero no nos convertimos en hijos de Dios. 

Para entenderlo, pongamos de ejemplo que yo compro un boleto para un concierto. Al comprarlo adquiero el derecho de ir al concierto, pero si no voy, de nada me valió comprar el boleto. 

De igual manera, al aceptar a Cristo, yo adquiero el derecho o potestad de ingresar al Reino de los cielos y ser parte de Cristo, pero eso no significa que ya lo soy. Debo ingresar al reino y para ello se necesita algo más, y Jesús lo resumió en nacer de nuevo, y lo dejo claro, ese nuevo nacimiento es “A través del agua y del Espíritu Santo”. 

Nacer de nuevo, significa morir y resucitar. Sin embargo, no necesitamos suicidarnos. Dios nos dio la manera de morir y resucitar de manera simbólica.

El apóstol Pablo nos lo explica claramente en Romanos 6:3-4. Él escribió lo siguiente: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”.

El apóstol Pablo dice que ese nuevo nacimiento es través “del bautismo”. Y la palabra bautismo viene de la palabra Baptism que significa sepultura

Dice Pablo que en el bautismo somos “sepultados y resucitados con Cristo”, es decir morimos y volvemos a nacer, tenemos un nuevo nacimiento. En el bautismo le damos muerte al nacido en Adán y le damos vida al nacido en Cristo.  ¿Cómo entramos en Adán? Al nacer de una madre terrenal ¿Cómo salimos? Por medio de la muerte en las aguas del bautismo ¿Cómo entramos en Cristo? A través de las mismas aguas del bautismo.



En Colosenses 1:13-14, Pablo dice que “Dios nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”.

En Colosenses 2:12-13 aclara que eso sucede cuando “somos sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a nosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de nuestra carne, nos dio vida juntamente con él, perdonádonos todos los pecados”.

Jesús lo dijo claramente en Marcos 16:16: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

Si no crees el evangelio de Cristo, no adquieres el derecho de ser hijo de Dios y estás condenado. Si crees el evangelio, entonces adquieres el derecho, pero debes bautizarte para que tus pecados sean perdonados, se complete tu salvación y te conviertas en hijo de Dios.

El apóstol Pedro dijo en Hechos 2:38: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”, confirmando así que se necesita el bautismo para el perdón de los pecados y para recibir el Espíritu Santo.

El nuevo nacimiento  es a través del agua y del Espíritu dijo Jesús, porque no solamente son perdonados nuestros pecados en el agua, sino que el Espíritu Santo nos engendra (Juan 1:12-13), viniendo a morar en nuestro espíritu. Es el sello que nos garantiza que somos adoptados por Dios como sus hijos (Efesios 1:13).



Muchos católicos dirán que son hijos de Dios porque fueron bautizados de niños, pero ese bautismo no vale porque para bautizarse hay que creer y los niños no creyeron antes de ser bautizados. Además, la salvación es personal, yo no me salvo o condeno por lo que creen mis padres, sino por lo que yo creo.

Ya sabes como convertirte en Hijo de Dios. “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16).

 

 

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